Tres años pasaron desde la última vez que escribí
sobre la interrupción legal y gratuita del embarazo, para la Argentina, y para
donde falte. Tres años y el escenario no parece más promisorio. El
estancamiento es involución, es muerte. Es la involución social lo que debería ser materia
de la “moral social”, debería ser asunto de profunda preocupación. En cambio,
nos congratulamos de tener un papa argentino. Nos conformamos con sus
declaraciones vacías de real contenido, pero llenas de hipocresía. ¡Qué nunca
falte! La hipocresía es el combustible de nuestrxs indignadxs de cada día. Es casi
como si nos enorgulleciéramos de aquello que simboliza nuestro estancamiento,
nuestro retroceso.
Como sociedad nos cuesta entender y respetar que hay
decisiones que son personales, que no son materia de escrutinio público. En
muchos aspectos los humanos como colectivo somos muy involucionados.
Cuando se discute “el aborto” como algo moral, o algo
abstracto e ignoramos o no nos detenemos ni un segundo a pensar que estamos
hablando sobre una decisión concreta de una persona en un momento determinado, en
ejercicio de su absoluta soberanía y prerrogativa de su propio cuerpo, somos
bestias salvajes. No nos cabe otro calificativo. El hecho que parezca repetirse
en múltiples oportunidades porque lo practican muchas mujeres, no lo
estandariza y mucho menos lo hace materia de escrutinio público. Lo hace, en
todo caso, un asunto de seguridad social, de salud pública, incluso constituye
materia para políticas progresivas en cuanto al achicamiento de las inequidades
sociales. Debemos entender y repetir al hartazgo que los abortos que se dan,
son recurrentes decisiones individuales y personalísimas, no aditivas con el
fin de ponerse bajo la lupa de la “moral social”, si es que tal cosa debiera
existir siquiera.
El ser
humano, una vez que deja de ser nómade y las comunidades se convierten en
mezclas de culturas y creencias, crea al Leviatán y le confiere entidad y poder
para regular la convivencia. Hay polémica alrededor de la construcción de los
primeros Estados que es pertinente pero excede el alcance de esta nota. No
obstante, procurando no irme por las ramas no puedo dejar de decir que cada vez
que los seres humanos pretendemos usar al Leviatán para aplastar, marginar o
quitar la condición de humano o humana, la dignidad de algunos/as de aquellos o
aquellas con quienes cohabitamos, estamos socavando el [que debería ser el
verdadero] sentido de ser del Leviatán, del Estado.
En el trayecto desde aquellos albores hasta la
actualidad, hemos potenciado, en algunos aspectos, lo peor del Estado, su
matriz represiva. Tras legítima coerción ocultamos en forma cómplice, violenta
represión. Cada vez que miramos al costado, que somos condescendientes con
aquellos y aquellas que tanto han hecho por deshumanizarnos, corremos el riesgo de convertir al Estado
definitiva e irreversiblemente en un vehículo para que algunos puedan imponerse
sobre los demás, para que puedan ejercer su despotismo con total, convalidamos
su ya arraigado sentir que es correcto que puedan decidir sobre cómo viven su
vida los demás. Cimentamos y reforzamos el pedestal moral en el que
arbitrariamente se han colocado.
Es una tarea casi de docencia cuando alguien nos dice
“es que algunos prefieren…” aclarar que el punto donde deberíamos concentrar
nuestra atención argumentativa es primigenio, si entendiéramos cabalmente que
no son decisiones de nuestra incumbencia entenderíamos también lo ilógica que
es la pretensión de expresar preferencias sobre el tema. Cuando una decisión es
tan personal los demás no tenemos voto en ella, quizás tengamos voz, porque el
derecho a la libre expresión existe, y está bien que así sea, para usarlo bien
o mal. Seguramente, si fuésemos más reflexivos, más respetuosos, seríamos más sensatos
y economizaríamos su utilización evitando contribuir recurrentemente a su
bastardeo.
Deberíamos entender que es violento creer que el
aborto deba estar sujeto a voto.
Si fuéramos seres verdaderamente respetuosos del
otro, nos parecería aberrante creer que podemos arrogarnos el derecho de votar
sobre decisiones que no nos competen.
Es
fundamentalmente un asunto de obsceno machismo. El hombre es dueño indiscutido
de su cuerpo, es compadrón incluso del mismo. La mujer en cambio, tiene que
pedir permiso. Es de una misoginia evidente, recalcitrante diría yo, negar esta
realidad. Y es particularmente vergonzoso escuchar comentarios mezquinos de
algunas mujeres contra otras, cuando es de ellas mismas que debería esperarse
la mayor empatía. ¡Cuántas de esas que se horrorizan con sólo decir la palabra
“aborto” habrán recurrido a una clínica clandestina para interrumpir sus
embarazos! ¿Hasta qué grado llega la violencia social para obligar a alguien
que entiende más que nadie lo doloroso de esa decisión a convertirse en
cómplice repudiando a aquella que lo hace un tiempo después? ¿Puede el terror
del potencial ostracismo suprimir el efecto empático que debería producir el
haber experimentado semejante situación? Evidentemente sí, o quizás simplemente
seamos sínicos hipócritas.
¿Hasta
cuándo vamos a permitir que ese puñado de personas sintiéndose iluminadas por
alguna gracia divina, puedan infringir semejante grado de violencia?
La
justicia social no es completa cuando tantas mujeres pobres mueren en el
anonimato de un aborto mal realizado. Y vuelven aquí las complicidades
centenarias. Hace un tiempo atrás, hablando con una médica, me comentaba de un
pacientito hemofílico que hacía tiempo que no venía a control. Un tiempo
después, el pacientito fue llevado por su tía. La médica sorprendida, le
preguntó por la madre. La tía del niño, hermana de la madre, le explicó que la
madre al descubrir que estaba embarazada nuevamente se colgó. No podía arriesgarse
a tener otro hijo varón (hemofílico). Había querido ligarse las trompas, pero
le objetaron cuestiones de consciencia, en un hospital público. La mujer en su
ignorancia no sabía que aunque más no fuera un médico tenía que haber que se
las ligara. Quiero enfatizar en el uso de “no podía”; porque hay mucha
gente que vive en una realidad acotada –por no decir “en una nube de pedos”-
que piensa que la vida sólo se compone de elecciones.
Las
elecciones son para aquellos que podemos pagarlas.
Para
muchísimas personas, la vida se presenta como un complejo absolutamente
exógeno, sobre cual su impotencia es infinita. Y esa gente, que es la más
necesitada de protección queda a merced de su involuntaria ignorancia, del
abandono, de la mirada para el otro lado. Son esas mujeres las que más sienten
la opresión de un Leviatán que parece más predispuesto a satisfacer la
ignorancia ilustrada de unos pocos que cobijar en sus brazos a los más débiles.
Después de todo, los más fuertes al usar al Leviatán de ese modo están negando su
razón de existir.
Esta mujer
se suicidó porque no tenía 1000 pesos para pagarle al curandero de la villa, y
porque no podía abortar, porque para la Iglesia estaba mal.
Hay una
mujer muerta y un niño enfermo sin madre.
Hay miles
de mujeres muertas y niños y niñas que quedan sin madre.
Pero son
pobres, no tienen nombre, no le importan a nadie.
No es
verdad, a algunos –pocos- sí. El resto sigue fielmente las enseñanzas de la fe
católica, “al pobre hay que tenerle lástima, pero nunca involucrarse, nunca tratar
de entenderlo”.
Vivir en
una sociedad más justa no es tener el PIB de Qatar, es que la gente coma, se
eduque y se respete la dignidad humana de todos y todas, minorías o mayorías,
pobres o ricos, débiles o fuertes. Gran parte de las últimas líneas fueron
extraídas de aquella nota que escribí hace tres años, aquella a la que hacía
referencia al inicio. En aquel entonces cerraba la nota diciendo “Tengo la
esperanza de que en no demasiado tiempo el aborto legal y gratuito se convierta
en otra conquista social que nos enorgullezca como sociedad. Una conquista que
nos hará sin duda cada vez más civilizados”. Tres años han pasado ya, tres años
son muchas muertes, son demasiado tiempo. Hoy no estoy tan seguro de que vaya a
suceder pronto, pero estoy seguro que a pesar de que los impedimentos parezcan
multiplicarse , debemos seguir luchando.
Otra vez,
como tres años atrás, quiero terminar con la frase que se viene usando en las
campañas que defienden el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios
cuerpos:
“Educación
sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal y gratuito
para no morir”.
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