viernes, 27 de septiembre de 2013

Y la interrupción legal y gratuita del embarazo sigue siendo tan sólo un sueño

Tres años pasaron desde la última vez que escribí sobre la interrupción legal y gratuita del embarazo, para la Argentina, y para donde falte. Tres años y el escenario no parece más promisorio. El estancamiento es involución, es muerte. Es la  involución social lo que debería ser materia de la “moral social”, debería ser asunto de profunda preocupación. En cambio, nos congratulamos de tener un papa argentino. Nos conformamos con sus declaraciones vacías de real contenido, pero llenas de hipocresía. ¡Qué nunca falte! La hipocresía es el combustible de nuestrxs indignadxs de cada día. Es casi como si nos enorgulleciéramos de aquello que simboliza nuestro estancamiento, nuestro retroceso.

Como sociedad nos cuesta entender y respetar que hay decisiones que son personales, que no son materia de escrutinio público. En muchos aspectos los humanos como colectivo somos muy involucionados.

Cuando se discute “el aborto” como algo moral, o algo abstracto e ignoramos o no nos detenemos ni un segundo a pensar que estamos hablando sobre una decisión concreta de una persona en un momento determinado, en ejercicio de su absoluta soberanía y prerrogativa de su propio cuerpo, somos bestias salvajes. No nos cabe otro calificativo. El hecho que parezca repetirse en múltiples oportunidades porque lo practican muchas mujeres, no lo estandariza y mucho menos lo hace materia de escrutinio público. Lo hace, en todo caso, un asunto de seguridad social, de salud pública, incluso constituye materia para políticas progresivas en cuanto al achicamiento de las inequidades sociales. Debemos entender y repetir al hartazgo que los abortos que se dan, son recurrentes decisiones individuales y personalísimas, no aditivas con el fin de ponerse bajo la lupa de la “moral social”, si es que tal cosa debiera existir siquiera.

El ser humano, una vez que deja de ser nómade y las comunidades se convierten en mezclas de culturas y creencias, crea al Leviatán y le confiere entidad y poder para regular la convivencia. Hay polémica alrededor de la construcción de los primeros Estados que es pertinente pero excede el alcance de esta nota. No obstante, procurando no irme por las ramas no puedo dejar de decir que cada vez que los seres humanos pretendemos usar al Leviatán para aplastar, marginar o quitar la condición de humano o humana, la dignidad de algunos/as de aquellos o aquellas con quienes cohabitamos, estamos socavando el [que debería ser el verdadero] sentido de ser del Leviatán, del Estado.

En el trayecto desde aquellos albores hasta la actualidad, hemos potenciado, en algunos aspectos, lo peor del Estado, su matriz represiva. Tras legítima coerción ocultamos en forma cómplice, violenta represión. Cada vez que miramos al costado, que somos condescendientes con aquellos y aquellas que tanto han hecho por deshumanizarnos,   corremos el riesgo de convertir al Estado definitiva e irreversiblemente en un vehículo para que algunos puedan imponerse sobre los demás, para que puedan ejercer su despotismo con total, convalidamos su ya arraigado sentir que es correcto que puedan decidir sobre cómo viven su vida los demás. Cimentamos y reforzamos el pedestal moral en el que arbitrariamente se han colocado.

Es una tarea casi de docencia cuando alguien nos dice “es que algunos prefieren…” aclarar que el punto donde deberíamos concentrar nuestra atención argumentativa es primigenio, si entendiéramos cabalmente que no son decisiones de nuestra incumbencia entenderíamos también lo ilógica que es la pretensión de expresar preferencias sobre el tema. Cuando una decisión es tan personal los demás no tenemos voto en ella, quizás tengamos voz, porque el derecho a la libre expresión existe, y está bien que así sea, para usarlo bien o mal. Seguramente, si fuésemos más reflexivos, más respetuosos, seríamos más sensatos y economizaríamos su utilización evitando contribuir recurrentemente a su bastardeo.

Deberíamos entender que es violento creer que el aborto deba estar sujeto a voto.

Si fuéramos seres verdaderamente respetuosos del otro, nos parecería aberrante creer que podemos arrogarnos el derecho de votar sobre decisiones que no nos competen.

Es fundamentalmente un asunto de obsceno machismo. El hombre es dueño indiscutido de su cuerpo, es compadrón incluso del mismo. La mujer en cambio, tiene que pedir permiso. Es de una misoginia evidente, recalcitrante diría yo, negar esta realidad. Y es particularmente vergonzoso escuchar comentarios mezquinos de algunas mujeres contra otras, cuando es de ellas mismas que debería esperarse la mayor empatía. ¡Cuántas de esas que se horrorizan con sólo decir la palabra “aborto” habrán recurrido a una clínica clandestina para interrumpir sus embarazos! ¿Hasta qué grado llega la violencia social para obligar a alguien que entiende más que nadie lo doloroso de esa decisión a convertirse en cómplice repudiando a aquella que lo hace un tiempo después? ¿Puede el terror del potencial ostracismo suprimir el efecto empático que debería producir el haber experimentado semejante situación? Evidentemente sí, o quizás simplemente seamos sínicos hipócritas.

¿Hasta cuándo vamos a permitir que ese puñado de personas sintiéndose iluminadas por alguna gracia divina, puedan infringir semejante grado de violencia?

La justicia social no es completa cuando tantas mujeres pobres mueren en el anonimato de un aborto mal realizado. Y vuelven aquí las complicidades centenarias. Hace un tiempo atrás, hablando con una médica, me comentaba de un pacientito hemofílico que hacía tiempo que no venía a control. Un tiempo después, el pacientito fue llevado por su tía. La médica sorprendida, le preguntó por la madre. La tía del niño, hermana de la madre, le explicó que la madre al descubrir que estaba embarazada nuevamente se colgó. No podía arriesgarse a tener otro hijo varón (hemofílico). Había querido ligarse las trompas, pero le objetaron cuestiones de consciencia, en un hospital público. La mujer en su ignorancia no sabía que aunque más no fuera un médico tenía que haber que se las ligara.  Quiero enfatizar en el uso de “no podía”; porque hay mucha gente que vive en una realidad acotada –por no decir “en una nube de pedos”- que piensa que la vida sólo se compone de elecciones.

Las elecciones son para aquellos que podemos pagarlas.

Para muchísimas personas, la vida se presenta como un complejo absolutamente exógeno, sobre cual su impotencia es infinita. Y esa gente, que es la más necesitada de protección queda a merced de su involuntaria ignorancia, del abandono, de la mirada para el otro lado. Son esas mujeres las que más sienten la opresión de un Leviatán que parece más predispuesto a satisfacer la ignorancia ilustrada de unos pocos que cobijar en sus brazos a los más débiles. Después de todo, los más fuertes al usar al Leviatán de ese modo están negando su razón de existir.

Esta mujer se suicidó porque no tenía 1000 pesos para pagarle al curandero de la villa, y porque no podía abortar, porque para la Iglesia estaba mal.

Hay una mujer muerta y un niño enfermo sin madre.

Hay miles de mujeres muertas y niños y niñas que quedan sin madre.

Pero son pobres, no tienen nombre, no le importan a nadie.

No es verdad, a algunos –pocos- sí. El resto sigue fielmente las enseñanzas de la fe católica, “al pobre hay que tenerle lástima, pero nunca involucrarse, nunca tratar de entenderlo”.

Vivir en una sociedad más justa no es tener el PIB de Qatar, es que la gente coma, se eduque y se respete la dignidad humana de todos y todas, minorías o mayorías, pobres o ricos, débiles o fuertes. Gran parte de las últimas líneas fueron extraídas de aquella nota que escribí hace tres años, aquella a la que hacía referencia al inicio. En aquel entonces cerraba la nota diciendo “Tengo la esperanza de que en no demasiado tiempo el aborto legal y gratuito se convierta en otra conquista social que nos enorgullezca como sociedad. Una conquista que nos hará sin duda cada vez más civilizados”. Tres años han pasado ya, tres años son muchas muertes, son demasiado tiempo. Hoy no estoy tan seguro de que vaya a suceder pronto, pero estoy seguro que a pesar de que los impedimentos parezcan multiplicarse , debemos seguir luchando.

Otra vez, como tres años atrás, quiero terminar con la frase que se viene usando en las campañas que defienden el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos:

“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal y gratuito para no morir”.