sábado, 4 de diciembre de 2010

Sobre la interrupción voluntaria del embarazo, legal y gratuita

Nota escrita el 4 de diciembre de 2010

Entiendo que este sea un tema complejo, polémico. En lo personal, hace muchos años que comprendí la inmensa injusticia que implicaba negar el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, sobre su embarazo.

Leyendo los diarios más conservadores, como La Nación, y múltiples publicaciones y comentarios en Facebook, uno no puede dejar de pensar en cómo somos rápidos para sentirnos en el derecho de opinar sobre decisiones ajenas. Nuevamente, los mismos que durante la discusión del matrimonio igualitario –por ejemplo- se sentían en un pedestal moral para definir sobre la dignidad del tan mentado prójimo, vuelven a subirse a su  peldaño cuasi-celestial en este debate; en general con una crueldad incomprensible y una falta de empatía que espanta. Con la esperanza que algún día entren en razón, y –permitiéndome la ingenuidad- hagan un mea culpa, me parece que sería deshonesto de mi parte no hacer lo propio.

Recuerdo que cuando estaba en el colegio una compañera dejó de venir a clases, supuestamente porque el padre se había enterado que tenía relaciones sexuales con un compañero y su religión no lo permitía. Esta chica, a la que voy a llamar María, empezó a venir a casa para que la ayudara a mantenerse al día con las materias. María se quedaba largas horas a diario, escapando de su realidad agobiante. Hoy siento que no fui todo lo bueno que podría o debería haber sido. Era un adolescente, y como tal, era desconsiderado. Sentía como una carga la presencia permanente de María en casa. Muchas veces venía mientras yo estaba durmiendo y se sentaba a ver tele hasta que me despertaba, o charlaba con mi mamá. Recuerdo que un par de veces me comentó que a otra chica de su religión la habían expulsado por quedar embarazada y abortar. Un día María me preguntó qué opinaba yo sobre el aborto. No recuerdo exactamente lo que dije, quizá mi postura rígida actual hace que me avergüence del titubeo de aquella época, de la tibieza con la que respondí, de mi falta de compromiso. Creo haberle dicho que suponía que debía ser una decisión difícil, que habría que estar en esa  situación, pero también me apeno al reconocer que creo haber dicho algo así como “si no se cuidó, que se haga cargo”. Tiempo después empezaron a correr rumores que María en realidad había dejado el colegio por un embarazo que había abortado. A esta altura les debe quedar claro que la amiga de María era en realidad María. Es hasta el día de hoy que no puedo olvidar el silencio y la mirada esquiva después de que le di mi respuesta. Hace más de diez años que cada tanto me acuerdo de ella y pienso en que me gustaría verla para disculparme, o para decir eso que no supe decir; quizás es ese sentimiento egoísta, esa necesidad de reivindicación, de redención. Inmediatamente pienso que ha pasado más de una década, y que mi gesto sólo tranquilizaría mi consciencia a riesgo de someter a María nuevamente a tristes recuerdos. Supongo que son esas cosas con las que uno debe cargar para siempre.

Muchas notas, artículos, quizás incluso libros, se han escrito y se seguirán escribiendo sobre si la vida humana empieza en la concepción o no, algunos estarán de acuerdo con un lado de la biblioteca y otros con el otro lado. Como se probó recientemente en el debate en la Comisión de la Cámara de Diputados, la ciencia y el derecho parecen inclinar su balanza hacia la defensa del derecho de las mujeres a decidir. Les recomiendo leer la nota que Página 12 publicó hace unos días donde desde el lado de los defensores del proyecto de ley se exponía con claridad que el derecho internacional no defiende el derecho del embrión sino del niño. Niño por nacer no es lo mismo que embrión.

Como sé que no voy a inventar la pólvora, y que hay gente mucho más instruida para opinar sobre los aspectos científicos y legales; en esta nota quiero ir a una instancia anterior a la fundamentación académica. Quiero explorar...suena ambicioso, casi arrogante. Mejor dicho, quiero compartir, lo que desde mi ignorancia relativa me produce internamente cuando leo comentarios tan acabados y con tal grado de certeza sobre el tema; y demás está decirlo, tan poco humanos.

Personalmente siento que es de una violencia obscena sentirnos con derecho siquiera a debatir sobre una decisión que es absolutamente individual. El ser humano, una vez que deja de ser nómade, y las comunidades se convierten en mezclas de culturas y creencias crea al Leviatán y le confiere entidad y poder para regular la convivencia. Pero cada vez que los seres humanos pretendemos usar al Leviatán para aplastar, marginar o quitar la condición de humanos, la dignidad, de algunos/as de aquellos o aquellas con los/las que cohabitamos, estamos socavando el sentido de ser del Leviatán, del Estado.

El hombre es dueño indiscutido de su cuerpo, es compadrón incluso del mismo. La mujer en cambio, tiene que pedir permiso. Es de una misoginia evidente, recalcitrante diría yo, negar esta realidad. Y es particularmente vergonzoso escuchar comentarios mezquinos de algunas mujeres contra otras, cuando es de ellas mismas que debería esperarse la mayor empatía. ¡Cuántas de esas que se horrorizan con sólo decir la palabra habrán recurrido a una clínica clandestina para interrumpir sus embarazos! ¿Hasta que grado llega la violencia social para obligar a alguien que entiende más que nadie lo doloroso de esa decisión a convertirse en cómplice repudiando a aquella que lo hace un tiempo después? ¿Puede el terror del potencial ostracismo suprimir el efecto empático que debería producir el haber experimentado semejante situación?

¿Hasta cuándo vamos a permitir que ese puñado de personas sintiéndose iluminadas por alguna gracia divina, puedan infringir semejante grado de violencia?

La justicia social no es completa cuando tantas mujeres pobres mueren en el anonimato de un aborto mal realizado. Y vuelven aquí las complicidades centenarias. Hace un tiempo atrás, hablando con una médica, me comentaba de un pacientito hemofílico que hacía tiempo que no venía a control. Un tiempo después, el pacientito fue llevado por su tía. La médica sorprendida, le preguntó por la madre. La tía del niño, hermana de la madre, le explicó que la madre al descubrir que estaba embarazada nuevamente se colgó. No podía arriesgarse a tener otro hijo varón (hemofílico). Había querido ligarse las trompas, pero le objetaron cuestiones de consciencia, en un hospital público. La mujer en su ignorancia no sabía que aunque más no fuera un médico tenía que haber que se las ligara.  Quiero enfatizar en el uso de “no podía”; porque hay mucha gente que vive en una realidad acotada –por no decir “en una nube de pedos”- que piensa que la vida sólo se compone de elecciones.

Las elecciones son para aquellos que podemos pagarlas.

Para muchísimas personas, la vida se presenta como un complejo absolutamente exógeno, sobre cual su impotencia es infinita. Y esa gente, que es la más necesitada de protección queda a merced de su ignorancia, del abandono, de la mirada para el otro lado. Son esas mujeres las que más sienten la opresión de un Leviatán que parece más predispuesto a satisfacer la ignorancia ilustrada de unos pocos que cobijar en sus brazos a los más débiles. Después de todo, los más fuertes al usar al Leviatán de ese modo están negando su razón de existir.

Esta mujer se suicidó porque no tenía 1000 pesos para pagarle al curandero de la villa, y porque no podía abortar, porque para la Iglesia estaba mal.

Hay una mujer muerta y un niño enfermo sin madre.

Hay miles de mujeres muertas y niños y niñas que quedan sin madre.

Pero son pobres, no tienen nombre, no le importan a nadie.

No es verdad, a algunos –pocos- sí. El resto sigue fielmente las enseñanzas de la fe católica, “al pobre hay que tenerle lástima, pero nunca involucrarse, nunca tratar de entenderlo”.

Vivir en una sociedad más justa no es tener el PIB de Qatar, es que la gente coma, se eduque y se respete la dignidad humana de todos y todas, minorías o mayorías, pobres o ricos, débiles o fuertes. Tengo la esperanza de que en no demasiado tiempo el aborto legal y gratuito se convierta en otra conquista social que nos enorgullezca como sociedad. Una conquista que nos hará sin duda cada vez más civilizados.

Quiero terminar con la frase que se viene usando en las campañas que defienden el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos:

“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal y gratuito para no morir”.

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