jueves, 24 de noviembre de 2011

Porqué no es alegría lo que se siente al enterarse de que murió el represor Bussi

Nota escrita el 24 de noviembre de 2011

Muchos de los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad no lograrían jamás entender por qué quienes condenamos la última dictadura militar y aplaudimos los juicios que finalmente se están llevando a cabo, no sintamos felicidad con la noticia de la muerte de Bussi. No entienden cómo no podemos compartir esa fibra putrefacta que los hizo sentir alegría el día que murió Néstor Kirchner, esa alegría que manifestó –al menos sin eufemismos- Lilita Carrió, la que no podía ocultarse en la sonrisa socarrona Mariano Grondona o en los editoriales de Rosendo Fraga y otros tantos personajes oscuros y nefastos de la fauna vernácula.

No se siente alegría porque nunca se consideró que la muerte era la salida. Es el ejemplo de búsqueda de la Justicia (la terrenal, la única verdadera) de las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, aquellas que sufrieron el dolor más antinatural que puede padecerse que es la pérdida de un hijo o hija, es su ejemplo de paz que los canallas de siempre tratan de embarrar cada vez que pueden para servir a sus fines miserables y que un porcentaje no despreciable de la sociedad, aquel sector cipayo, chato y nostálgico de lo que nunca será, es ágil en defender. Saca los dientes defendiendo el mismo yugo del que queja y cuesta creer que no se de cuenta que defiende a quienes lo somete. Los criminales más atroces, los genocidas del whisky y las tilingas que hasta hoy se pavonean por todos los canales de televisión caminaron impunemente los mismos pasos que los mártires y sus familias. Nunca experimentaron la humillación ni la impotencia del ostracismo al que el Estado expulsó a familiares y demás bienparidos durante décadas coronadas con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

No voy a extenderme en esta nota como suele ser habitual en lo que escribo. Simplemente quería dejar claro este punto. No se siente alegría, porque la alegría se sintió en 2008 cuando se le dio su merecida condena.  Ese día, los pasos de ese hombre fueron los pasos de un genocida, de un paria social, ese día se trajo a mucha gente injustamente expulsada a ese exilio de la polis, qué digo de la polis... de la DIGNIDAD. Allí encontramos paz como sociedad. Allí encontraron paz las Madres y Abuelas que nunca más verán a sus hijos, hijas, nietos y nietas. Nunca tendrán quiénes les den nietos, quienes compartan con ellas la comida del domingo ni nadie que las cuide cuando ya no puedan valerse por sí mismas. Allí se acabó la impotencia, se alivió –nunca se curará- el dolor que sintieron, sienten y sentirán hasta el último respiro.

Es por eso que hoy, la muerte de Bussi, al menos para mí es un dato, no menor, pero un dato. La noticia fue su condena de 2008, condena que me dio orgullo de ser argentino, como tantas otras cosas que han ido sucediendo estos últimos años. La alegría la sentí entonces.